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domingo, 10 de diciembre de 2023

Bodas de Plata Maratonianas

A Gran Canaria fui con un plan improvisado, una escapada deportiva que entró a última hora en el calendario. La maratón de Málaga sí la tenía programada. Aquí venía el equipo al completo y la logística debía cuidarse al detalle, sobre todo pensando en el confort del pequeño de la expedición: selección de asientos en el avión, Uber para los desplazamientos largos, alojamiento céntrico con parques infantiles en los alrededores y a poca distancia del recorrido de la maratón.

Como de costumbre, Edgar toca corneta a las 5:15h de la mañana. Él es el metrónomo de nuestro ritmo de vida en estos momentos. Las horas previas a la carrera son muy distintas de lo que solían ser. Ahora hay pañales, juguetes, dibujos animados. Calculo el tiempo para no ir demasiado apurado y llegar al cajón de salida con algo de margen antes que de comienzo la carrera. No son las condiciones óptimas, pero no he venido a la capital de la Costal del Sol con la intención de ser competitivo; tampoco sé cómo van a responder las piernas sólo tres semanas después de la maratón de Maspalomas.



8:30h. Box 6. A mi lado está el práctico de las 3h45'. Desde la salida oficial hasta que paso por el arco han pasado casi cinco minutos. Estoy rodeado de demasiada gente que parece en baja forma física. ¿Puede que me equivocara al indicar el tiempo previsto? No lo sé, pero me está costando correr más de lo que esperaba. No hay apenas ritmo. Por suerte, y con buena intuición, la organización ha cortado grandes avenidas en estos primeros kilómetros de carrera. Busco huecos para intentar ir dejando atrás la gran multitud que se va moviendo como un inmenso rebaño. Desde el apartamento, en una de esas casualidades de la vida, cuando Ginvile accede a la APP oficial, que tiene enlace a la retransmisión en directo de la TV, justo en ese momento, entre casi 10.000 participantes, me ve avanzar posiciones por uno de los laterales de la salida. 

Poco a poco voy ganando terreno al gran grupo. Llegamos a la zona de la playa, que nos va a llevar desde Huelín, pasando por la zona portuaria y a lo largo de la playa de la Malagueta, hasta el Arroyo Jaboneras, donde el recorrido hace una herradura para volver hacia el centro de la ciudad. Estamos en el km17. Empiezo a correr con espacio suficiente y, sobre todo, me doy cuenta, sólo en este momento, que estamos en carrera tanto los participantes de la media como los de la maratón entera. Hemos empezado todos al mismo tiempo desde el mismo lugar, y ese es el motivo principal por el que la salida había sido tan masificada.

Todos los parciales van quedando holgadamente por debajo de los 5'/km. En el km21 se bifurca la carrera, y ya nos quedamos los cerca de 4.000 participantes que estamos tomando parte en la 42k. Estoy muy metido en la carrera, concentrado en el ritmo, disfrutando de las vistas de una ciudad que nunca antes había visitado en este tour turístico que me he regalado para mi vigésimo-quinta maratón. Rafa!! Es Ginvile quien llama mi atención y me hace bajar de mi nube. Édgar ha tenido tiempo de dormir su siesta matutina y con la mami se han acercado hasta el km22 para darme la gran sorpresa de la mañana. No he podido evitar detener la marcha para un besito esquimal. Que alegría por favor!! No me esperaba para nada ver al equipo en este momento. Si estaba con buenas sensaciones, ahora estoy pletórico; parece que haya acabado de empezar a correr y queda menos del ecuador de la carrera.

Ya desde el Paseo Antonio Machado puedo ver a lo lejos el grupo de las 3h30'. No tengo prisa por alcanzarlos. Sé que al ritmo que voy, es cuestión de tiempo llegar a su altura. Pienso que cuando contacte con ellos, me quedaré a resguardo hasta el final, ya que llevo renta suficiente para un nuevo sub3h30'. Qué bonito detalle hacer entrar la carrera por las pistas de atletismo del Estadio Ciudad de Málaga. Tras rodear el Palacio de Deportes Martín Carpena, me sitúo a cola del grupo que va liderando el práctico. No tardo demasiado en darme cuenta que llevo mucho más ritmo y en poco más de un kilómetro, continúo mi aventura en solitario. El Polar sigue marcando parciales inferiores a 5'/km. Sin duda, salvo hecatombe, voy a hacer de nuevo un gran registro.

Vuelvo a encontrarme con la familia en el km41, cerca del alojamiento, pero esta vez voy lanzado cuesta abajo y Edgar apenas tiene tiempo de recrearse con daddy como en la primera ocasión. A pesar de estar cerca de Navidad y de ser una de las zonas más transitadas del centro, la carrera atraviesa de parte a parte la calle Larios. Los Ángeles Celestiales, que en ese momento están viendo cómo miles de atletas están a punto de lograr su objetivo, al anochecer brillarán con su espectáculo de luces y música, atrayendo locales y turistas desplazados a la ciudad.

Detengo el crono en un tiempo de 3h24'28'' (4'50''/km). Es increíble el rendimiento y estado de forma alcanzado con un entrenamiento sin apenas volumen, sin tiradas largas, sin series. Cuando cruzo la línea de meta, termina mi tiempo como atleta, dejo aparcadas en la memoria las buenas sensaciones que me ha dejado esta carrera y vuelvo a mi rol de papá de familia: pañales, juguetes, dibujos animados. 

domingo, 4 de diciembre de 2022

Un lastre de felicidad

Hay muchas metodologías de entrenamiento para preparar el reto de correr una maratón. Los objetivos pueden ser ambiciosos, explorando los límites fisiológicos personales, o bien puede plantearse la carrera con la esperanza de ser Finisher, sin darle importancia al crono. Podría decir que me encuentro a medio camino entre un planteamiento y el otro. Por una parte, llevo casi tres meses sin entrenar, con un lastre de más de 80kg sobre los pies, de modo que no se cómo va a responder mi cuerpo, y por otra parte, tengo que ser realista y, en estas condiciones, por mucho bagaje que lleve en mi vida como deportista de larga distancia, no debo pensar en otra cosa que no sea intentar cruzar la línea de meta sin ningún tipo de presión.

La maratón es como un estilo de vida, con una disciplina de tareas casi diarias que se prolongan durante unos tres meses, que te permiten el día de la carrera disfrutar una gran aventura deportiva. Es mi distancia favorita, no se puede subestimar, no se puede pretender salir a verlas venir, porque se trata de un gran esfuerzo que, más rápido o más lento, va a pasar factura al organismo. Pues aun teniendo en mente todo esto, voy a correr, tirando de la experiencia de mis 22 maratones anteriores. No estoy nervioso porque pienso que tengo todo bajo control. 

A las 08:55h tomo la salida en el penúltimo cajón, ligeramente por encima de 5'/km. No lo sé con exactitud porque he tomado la decisión de salir sin reloj. Me voy guiando con las horas de los termómetros que me voy encontrando por la ciudad. La climatología es perfecta para quienes vayan a buscar marca, nublado, sin viento. No es mi caso. A medida que van pasando los kilómetros, la energía va decayendo poco a poco. Al principio casi ni me doy cuenta, pero al llegar al km25, me doy un baño de realidad. Esto no es una broma. Una maratón siempre te pone en tu sitio. Si los deberes no están hechos, no se le pueden pedir milagros a las piernas. Si la musculatura no está preparada para soportar la dureza del paso de los kilómetros, el tío del mazo no te va a perdonar. Yo esta vez soy una de sus víctimas favoritas, uno de esos que salta al asfalto con más corazón que preparación. Me merezco la paliza que me ha dado cuando he pasado por su lado. Se ha cebado conmigo. En el km34, donde el año pasado una lesión en el gemelo me cortaba las alas en mi camino hacia un sub 3h15', este año he tenido que recurrir al método Galloway para salvar los muebles en una recta final que se me está haciendo muy cuesta arriba.

Aunque físicamente estoy machacado, la cabeza se ha mentalizado en que es cuestión de tiempo lograr el objetivo. En el dorsal está serigrafiado el nombre de mi pequeño guerrero. Las miles de personas que se se distribuyen por todo el recorrido animan a los corredores en todos los idiomas. Forza!! Vai!! Aupa!! Go go go!! Nadie de los que alcanza a leer el dorsal y rápidamente pronuncia ese nombre que cada vez que lo escucho me llena de energía, puede llegar a imaginar lo que me están ayudando a seguir adelante. Si en estos casi tres meses no he podido tener una preparación adecuada, es porque mi estilo de vida ha cambiado. Cuando hace un año me inscribí en la carrera, no sabía que doce meses después sería padre de familia.

Hoy más que nunca, la rampa de bajada al río me la tomo con muchísima precaución. Llegados a este punto, sería una lástima echar a perder todo el esfuerzo con alguna lesión. Cruzo la línea de meta de la maratón más lenta de mi vida en 4'07'16" (5'52"/km). Estoy contento por haber sumado una más a mi colección, pero me digo a mí mismo que nunca más volveré a participar sin preparación en una prueba deportiva de resistencia. 

Ahora mismo mis pensamientos están dirigidos casi al 100% en una sola dirección. No sé cuando volveré a competir, pero lo que sí tengo claro es que cuando lo haga, estaré en óptimas condiciones para poder volver a rendir lo mejor posible.

domingo, 5 de diciembre de 2021

La debilidad de Aquiles

Después que en 2020 las restricciones Covid hicieran de la maratón de Valencia un evento exclusivo para los élite en su 40 aniversario, la ilusión es máxima para esta edición. Con la inercia de la maratón de Londres y un planning semanal con tres días de carrera a pie, dos sesiones de natación, dos de gimnasio y alguna salida con MTB, siento que he hecho los deberes bastante bien para intentar lograr un nuevo sub3h30'.



Según avanzaban las previsiones meteorológicas, la mañana sale muy ventosa. Quizá por error de la organización al asignarme el dorsal, o mío al indicar el tiempo previsto, tengo la salida en la tercera oleada, los inscritos para sub3h45'. No pasa nada. Me sitúo muy cerca de la primera línea, de modo que cuando da comienzo mi maratón puedo correr a mi ritmo sin que me entorpezcan ni molestar a nadie. En unos pocos metros me doy cuenta que el error se ha convertido en un gran acierto. 

La calle está muy despejada. La segunda oleada (sub3h30') ha salido quince minutos antes y somos pocos los corredores que vamos a un ritmo bastante más vivo que el color con el que hemos sido identificados (dorsal azul). Como casi siempre, voy tomando referencias cada 2km con la idea que los tiempos queden entre 9' y 9'20".  Voy muy cómodo en estos ritmos aunque esto solo acaba de empezar. El viento se nota pero no molesta tanto como pensaba. El ambiente es fantástico. ¡Qué ganas tenía de volver a recorrer Valencia como parte activa de su evento deportivo estrella!

Al pasar el ecuador de la carrera, el rango de tiempo va acercándose cada vez más a 9'20", pero no hay nada de que preocuparse. La energía no decae más de lo esperado; el Powerade y los suplementos energéticos Enervit de la organización están funcionando perfectamente como combustible, y además, tengo más de 2 minutos de renta. 

Cambio de estrategia en el km28 al observar que voy perdiendo algo más de velocidad e intento marcar tiempos entre 9'20" y 9'30". En el km33 aparecen los problemas de verdad: una ligera molestia en el tendón de Aquiles de la pierna izquierda, la no operada. El dolor va a más, y a la altura del puente de Campanar, se hace insoportable. No puedo correr!! Intento trotar despacio, pero duele demasiado. ¿Qué pasa? Decido andar rápido. Molesta menos. Paso junto a Cadu, desgraciadamente sin "hacerlo tan fácil" como la primera vez que nos hemos visto por Blasco Ibáñez. Muscularmente estoy bien, pero esto es una lesión. Aprovecho un banquito para estirar fuerte. Me reincorporo a la carrera al trote 4' después de detener la marcha. Duele, pero apretando los dientes espero que algo se pueda hacer.

Ahora tomo referencias cada kilómetro, y el Timex muestra que el ritmo es de aproximadamente 6'/km. Quedan 8 kilómetros muy complicados por delante. No se hasta donde podrá aguantar la pierna. Los dos puntos de asistencia con Reflex se convierten en mis avituallamientos especiales. Estoy seguro que mi expresión es el reflejo del sufrimiento que estoy soportando, así que mis ojos solo miran el asfalto. ¡Ahí va! Sara ha tenido que saltar casi hasta la mitad de la calle para transmitirme fuerza con sus ánimos. ¡Gracias! A Mirna, que estaba justo a su lado, ni la he visto. 

Hago cálculos mentales y me alegra saber que aun con la lesión voy a poder cumplir el objetivo. Este año la rampa desde la calle Alcalde Reig hasta el río es menos pronunciada que en anteriores ediciones, cosa que agradezco porque hoy más que nunca, le tengo mucho respeto. Las mías no son zancadas, sino mucha frecuencia de pequeños pasos. Voy así desde hace bastantes minutos para minimizar la fase de vuelo y no sobrecargar más aun el tendón de Aquiles.

Como suele ser habitual, Ginvile se ha hecho hueco entre la multitud a 400m del final para darme el último empujón.  Entro en meta en 3h25'37" (4'53"/km). Empiezo a caminar. Voy cojo. No sé cómo he podido terminar la carrera, pero por suerte soy finisher de mi 21ª maratón.

Pensando posibles causas, puede que la razón principal haya sido no haber calculado bien el kilometraje de las zapatillas (sólo las he usado para competiciones, eso si, durante años) y la pérdida de amortiguación haya sido el motivo por el que ha venido la lesión. En fin. Es momento de ponerse en manos de la buena fisio que tengo en casa y aprender de los errores para seguir viviendo este tipo de aventuras cuando las condiciones sean más favorables.   

domingo, 24 de noviembre de 2019

Donostiako Maratoia 2019

Se que la maratón de Donostia no mueve tantos espectadores como la Behobia - San Sebastián, el trail Zegama Aizkorri o el Ironman de Vitoria, pero ya tenía muchas ganas de participar en un evento deportivo en Euskadi, y por fin había llegado la hora de vivir la experiencia.


Las previsiones meteorológicas parecían quedarse cortas con el gran chaparrón que el domingo de madrugada, a escasas horas del comienzo de la prueba, descargaba toda su fuerza sobre la capital donostiarra.

Suena el despertador alrededor de las 6:00h. Echo un vistazo por la ventana del hotel y, aunque la tormenta ya no es tan violenta, parece que sigue cayendo bastante agua. Última ojeada a la página web del evento antes de salir. No hay ninguna noticia de posible cancelación. Ropa seca resguardada debajo de de dos capas de abrigo impermeables que tiraré minutos antes de la salida, y a por mi 18ª maratón.

A medida que avanza la mañana, va desapareciendo la lluvia, quedándose en apenas un chirimiri refrescante cuando llegamos a los cajones de salida. Unos minutos antes, haciendo cola para dejar la mochila en el guardarropa, el destino hizo reencontrarme por casualidad con Roberto Morri, incombustible maratoniano italiano que conocí en Chicago 6 años atrás y con quien sigo estando en contacto en la distancia a través de las redes sociales.

En las inmediaciones del Estadio de Anoeta, un precioso aurresku hace las veces de preludio del inicio de la carrera. No somos demasiados participantes en la prueba reina, 3.200 aproximadamente. La idea es rodar cómodo, cerca de 5'/km. He venido a disfrutar. Esta era la tercera y última bala (Boston en febrero y Berlín en septiembre fueron las dos anteriores) para intentar conseguir un sueño que ya guardo en un lugar privilegiado de mi colección de desafíos deportivos. Cada vez que me viene a la cabeza, no puedo creer cómo fui capaz de aguantar a 4'15"/km durante casi tres horas. Buff!!



Km16. Al paso por el hotel, llegan los primeros ánimos de mi afición personal. El panorama ha cambiado mucho desde que salí a primera hora de la mañana, y en estos momentos la climatología es más parecida al Mediterráneo en esta época del año, con sol y temperatura muy agradables.

Paso la media maratón en 1h42'28" (4'51"/km). No estoy forzando. Tampoco voy sobrado. El factor mental va a ser determinante desde aquí hasta el final para seguir en tiempos buenos, ya que se trata de un recorrido con dos vueltas idénticas de 21km. Se que los primeros kilómetros son más bien feos, que el grueso de animación se concentra en la zona centro y a lo largo de la playa de la Concha, y que los 6-7 kilómetros de ida y vuelta en la Avda. Tolosa se van a hacer muy duros. En este punto soy consciente que hubiese sido casi imposible hacer marca personal con este circuito rompepiernas, y doy las gracias una vez más de haber venido a San Sebastián sin presión.

Entro en meta en 3h23'31" (4'49"/km), consiguiendo un negative split, es decir, la segunda media maratón más rápida que la primera, la felicidad de sumar una nueva aventura a mi colección, y con la cabeza puesta en el homenaje gastronómico que nos vamos a dar en breve en "La Cuchara de San Telmo".

domingo, 29 de septiembre de 2019

Un sueño hecho realidad

A Berlín no había venido de turismo. Ya la había explorado a fondo en el pasado cuando estuve viviendo por un corto período de tiempo en la capital alemana. El propósito principal de mi viaje en esta ocasión era un ambicioso reto deportivo. Para ello, contaba con el equipo al completo: Ginvile, mi fisioterapeuta, mi nutricionista, mi talismán; y yo, el encargado de la logística, el entrenador, el psicólogo y el atleta. Del resto del equipo hablaré más adelante.


Las previsiones meteorológicas no auguraban una mañana fácil, con lluvia, viento y alta humedad. No me preocupa demasiado. Esto no es Boston con su perfil rompepiernas. Estoy en la cuna de los récords mundiales y se que hoy sí que lo puedo conseguir. Una magnífica preparación de 14 semanas completada al 98%, un cuidado y variado hábito alimentario, 16 maratones de experiencia, más fuerza mental que nunca, y la sensación de encontrarme en el pico de mi rendimiento deportivo. Todos estos ingredientes gourmet han de ser la base para una maratón insuperable.

A las 9:15h tengo la salida. Estoy en el corral C (2h50'-3h). A diferencia de Sevilla, esta vez la organización sí ha tenido el detalle de permitirme el cambio al siguiente cajón. La estrategia es iniciar la carrera con los prácticos de las 3 horas, un arma de doble filo, porque si bien es cierto que te permite ir a resguardo dentro de un grupo, al mismo tiempo, tienes que pelear constantemente por tu posición en la parte delantera del mismo, especialmente durante caos generalizado que hay en los primeros kilómetros.


Paso la media maratón en 1h29'14" (4'13"/km). Me siento muy cómodo con el ritmo. El nuevo práctico que ahora está liderando el grupo no mantiene la velocidad sino que va dando pequeños acelerones. No me gusta cómo está gestionando la carrera. Yo soy diésel, de modo que en una de las ocasiones en que aminora el paso en una estación de avituallamiento, decido añadir una pizca de riesgo, aumento un punto la velocidad de crucero y dejó atrás al práctico, al grupo y a los golpes que todavía seguían sucediéndose en su interior.

No estoy solo. Somos muchos los corredores que compartimos objetivo y es fácil encontrar rápidamente una pareja de baile. Los momentos de análisis psicológico de la situación en carrera los afronto de distintos modos: queda menos de la mitad, estoy cada vez más cerca y no quiero volver a pasar otra vez por todo el proceso de preparación; estoy en tiempos óptimos, llevando incluso renta acumulada que poco a poco he ido ganando con el paso de los kilómetros. Mientras continuo la marcha, entro en sintonía con mis pensamientos y pido fuerza a la otra parte del equipo que comentaba al principio, esa fuerza física y mental que me llega de mi familia, desde Valencia, desde el km41, desde el cielo, pero sobretodo, de mi ángel guardián, la estrella que ha guiado mis pasos en este desafío desde el primer día de la preparación: mi gran amigo Sinis, el motor de mis piernas y la protección de mis debilidades. No puedo fallar con tanto apoyo. Vuelvo de nuevo a la realidad. Estoy fuerte.

Prácticamente todas las referencias que he ido tomando están dentro o incluso por debajo del rango que había pensado para cada 2 kilómetros (8'25"-8'32"). El muro de Berlín es un icono real y se puede ver por muchos rincones de la ciudad, pero el muro de la maratón de Berlín hoy es una leyenda, pues no lo veo por ninguna parte. Otros compañeros de aventura, sin embargo, no tienen tanta suerte y se ven sorprendidos por este característico bloqueo físico y mental. Este punto de la carrera es para muchos donde de verdad se empieza a correr una maratón, donde los músculos duelen, donde la cabeza debe aislar los pensamientos negativos. Yo estaba preparado para este momento. Viajo en mi mente hasta esas situaciones que tanto me habían hecho enfadar. La rabia se transforma en adrenalina que recorre mi cuerpo. Por momentos tengo que controlarme para no aumentar demasiado el ritmo, pues se que esta sensación de euforia no seré capaz de mantenerla durante muchos kilómetros.


Km35. El cielo de Berlín adelanta con su lluvia las lágrimas de felicidad que en breves minutos inundarán mis ojos. En el km41 Ginvile, refugiada debajo del paraguas, me transmite sus ánimos al estilo lituano: "Lyja lietus, bet tu ne cukrinis - Neistirpsi!!". Unter den Linden. El chaparrón no es un impedimento para que aficionados de todos los rincones del mundo se amontonen a ambos lados de la gran avenida, que poco a poco se va estrechando a medida que nos acercamos a la Puerta de Brandemburgo, para dar el último aliento a sus amigos y familiares. Antes de pasar por debajo de sus arcos, le dedico un guiño a la diosa Victoria, que conduce triunfalmente su cuádriga, y le digo que hoy es también mi día de gloria.


Veo a lo lejos la meta, pero esos escasos cientos de metros se me hacen tan largos como le debe haber pasado a Bekele hace casi una hora, que se ha quedado a tan sólo 2" del récord del mundo. Cruzo la meta en 2h58'39" (4'14"/km). Mejor marca personal y quinta estrella Major (solo me falta Londres). 

Hay deportistas que sueñan con llegar a unos Juegos Olímpicos, participar en unos mundiales o simplemente formar parte del más alto nivel. Hoy he alcanzado mi sueño como atleta amateur que soy. La constancia y dedicación han dado sus frutos y he logrado traspasar la barrera de las 3 horas, ese dígito que, simbólicamente, ahora ya comparto con los más grandes. El hastack de la maratón de Berlín de esta edición era #berlinlegend. Pues bien, así me siento hoy, leyenda viva de mi propia historia deportiva. Te lo dedico a ti amigo mío. Gracias por acompañarme.


jueves, 18 de abril de 2019

El Masters de las Maratones

Estos días leía en un artículo que el Commonwealth's Patriot's Day, que tiene lugar cada año el tercer lunes de Abril, es para el running lo que el Masters de Augusta para el golf. Como sucede en este prestigioso torneo, uno no puede apuntarse y participar así sin más, sino que previamente debe ganarse su plaza según unas marcas mínimas. Mi clasificación la conseguí en Sevilla en febrero del año pasado al rebajar en ocho minutos el tiempo de corte para mí grupo de edad.


Sobre el papel, estoy más preparado que nunca para una maratón. Sé que en estas condiciones sería capaz de afrontar con muchas garantías de éxito el reto de conseguir mi sueño en recorridos con una orografía favorable como, por ejemplo, Chicago, Valencia, Sevilla o Berlín.


Boston es la primera de las tres balas que tengo en el cargador para 2019. Siendo realista, soy consciente que será muy difícil llegar a mi meta con ese perfil rompepiernas, pero si se dan las condiciones de viento y temperatura adecuadas, si me sale una carrera redonda, creo que podría conseguirlo... 

‌Las previsiones meteorológicas para el día de la carrera son más bien complicadas, con abundante lluvia y la incertidumbre de saber cuál será la dirección en que soplará el viento, factor clave puesto que se trata de un recorrido lineal, desde Hopkinton hasta Boston. Los consejos de algunos corredores que van a participar y que ya cuentan con la experiencia de otras ediciones sirven para distorsionarme la mente y hacerme ver que voy a hacer un kamikaze, que batir la marca personal en esta carrera a la primera es algo que está solo al alcance de muy pocos. 


Aun así, estoy decidido a intentarlo. Para eso he seguido un exigente plan de entrenamiento. El hecho de no poder mantener un ritmo de carrera constante debido a los continuos desniveles, me obliga a crear una estrategia que llevo memorizada en la cabeza con parciales distintos milla a milla.

‌Despues de una gran tromba de agua que convierte la villa del atleta en un lodazal, el cielo da una tregua justo a tiempo para el pistoletazo de salida de la 123 edición de la maraton más antigua del mundo.
‌Los parciales previstos para las primeras millas los llevo bastante ajustados a mi ritmo. Cuesta abajo trato de no dejarme llevar por el entusiasmo generalizado que compartimos la mayoría de los participantes. Cuesta arriba intento llevar una buena marcha para entrar en tiempos.

‌Paso la media maratón en 1h30'32", 2' más rápido que en Sevilla, pero algo más conservador de lo que según mis planes debería haber llegado a este punto. Va Rafa, que estás dentro de la maraton!! Cabeza!!
‌Milla 16. Sigo cerca de los tiempos planeados, pero empiezan las legendarias Heartbreaker Hills. Se supone que son tres, pero mi sensación es que hay unas cuantas más. Los factores externos están ganando la batalla a mi plan de carrera. Estoy fuera. La animación es fantástica, especialmente en el scream tunnel de Wellesley, pero tampoco tengo gran sintonía con las miles de personas que se han acercado a dar fuerza a los corredores. He perdido una minutada en las Hills, y ya solo me queda llegar a meta decentemente.
‌Consigo mi tercera mejor marca personal en maratón con un tiempo de 3h10'36" (4'31"/km), pero me siento algo decepcionado conmigo mismo por no haber sido capaz de estar más fuerte mentalmente y poder  controlar mejor los factores externos, ya que físicamente no estoy tan castigado como debería si realmente no hubiera podido dar más de mi. El exceso de información ha minado mi moral en el momento clave, de modo que en los próximos retos serios, cuanto menos sepa y menos mentalizado vaya ante lo que me voy a encontrar, menor sera la presión y mayor será será el rendimiento, seguro.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Una fiesta de 26.2 millas

Estoy en Nueva York, tal vez con la preparación más escasa de siempre y con la dieta menos indicada para afrontar una prueba de estas características, pero con la experiencia acumulada de miles de kilómetros en las piernas y la emoción infinita que siempre me proporciona la posibilidad de añadir una maratón más a mi cada vez más extensa colección. Sin duda, vivir al máximo la experiencia de ser parte activa de un espectáculo único y conseguir ser finisher son los dos grandes objetivos del día.

En 1970, Joe Kleinerman, un cartero neoyorquino que envidiaba las carreras maratonianas que se organizaban en Boston y otras ciudades estadounidenses, convocó, junto con otros corredores, la primera edición del maratón más concurrido y famoso del mundo. Hoy, 48 años más tarde, yo era uno de los más de 50.000 atletas que, con las pulsaciones disparadas, descontaban minutos junto al puente de Verrazano mientras se hacían las presentaciones protocolarias y se interpretaba el himno de los Estados Unidos. La famosa canción de Frank Sinatra dedicada a la Gran Manzana hacía las veces de bocinazo de salida. Acababa de iniciar la aventura hacia mi tercera estrella Major.


El primer tercio de carrera pasa sin apenas darme cuenta. Las vistas del skyline desde Staten Island, el fantástico ambiente en Brooklyn, los contrastes culturales y las miradas indiscretas a lo largo de las calles del barrio judío de Williamsburg. En el paso por Long Island no consigo encontrar los ojos de Ginvile, que sin embargo se ha hecho paso entre la multitud para empujarme con sus ánimos. Una lástima, porque necesitaba ese aporte de energía. Las reservas empiezan a agotarse, las zapatillas pesan cada vez más, y ya no soy capaz de subir las cuestas con tanta agilidad como al principio.


La entrada a Manhattan a través del Queensboro bridge me obliga a disminuir dos puntos la velocidad. Los kilómetros se van haciendo cada vez más largos. Una prolongada cuesta que me va frenando las cada vez más cortas zancadas me lleva en cuatro interminables millas hasta el Bronx. Me encuentro en la parte alta de la maratón. En cuanto a orografía, lo peor ya ha pasado. El recorrido entra de nuevo a Manhattan a través del Harlem. Ninguno de los anteriores días de turismo por la Gran Manzana habíamos estado en Central Park, de modo que me hacía una ilusión especial que los últimos kilómetros fueran dentro del gran pulmón de la ciudad. 

Cuando uno no tiene piernas, ir cuesta abajo es casi tan difícil como ir cuesta arriba. Me dejo llevar por el desnivel negativo, procurando no acelerarme demasiado no vaya a ser que no sea capaz de mantener el equilibrio sobre los castigados pies. Paso por el kilómetro 40 y ahí, en ese momento, recupero de repente el aliento. Ginvile me saluda desde lejos con una gran sonrisa. Mi cuerpo asimila este maravilloso momento de felicidad convirtiéndolo en la fuerza necesaria para terminar sin detener mi paso. Su aventura para llegar hasta este punto no ha sido menos intensa que la mía. La diferencia es que yo sólo tenía que seguir a la multitud, mientras que ella ha tenido que usar el instinto.

Con un tiempo final de 3h57'11" cruzo la línea de meta de mi tercera World Major Marathon en mi segunda experiencia americana. Hoy ha sido más una fiesta que un reto, pero he sufrido tanto o más como cuando busco mejorar la marca personal.

Llega el momento chill out de nuestro viaje de novios, dejar atrás la gran metrópolis y gozar de un estilo de vida completamente distinto en Bali, nuestro próximo destino.

domingo, 25 de febrero de 2018

Sevilla tiene un color especial

Después de varios meses de pausa, de dejar aparcadas las competiciones deportivas para dedicarme a disfrutar del verano, comer bien y viajar, iniciaba la dura tarea de volver a estar al nivel optimo para desafiarme una vez más, y en esta ocasión el escenario escogido sería Sevilla y su recién galardonada maratón con la etiqueta de oro de la IAAF.


Hacía mucho tiempo que no preparaba una maratón a conciencia, ya que los dos últimos años había estado volcado con el triatlon de larga distancia. La puesta a punto me iba a tener entretenido unos meses, la motivación era máxima y mi cuerpo ya me pedía dosis de esfuerzo y adrenalina.

El entrenamiento que diseñé antes del planning específico era el aperitivo para el menú de 14 semanas con el que esperaba llegar a Sevilla con opciones de cumplir un sueño... Sin embargo, en la semana 2, una inoportuna lesión en los isquiotibiales de la pierna izquierda minaba mi moral, obligándome a hacer una pausa de casi un mes. Al poco de reincorporarme a los entrenamientos, un tremendo resfriado me dejaba fuera de combate una semana más. Aunque las últimas semanas me dejaron muy buenas sensaciones, sentía que la preparación había sido insuficiente para un objetivo tan exigente.

Tantas dudas tenía sobre cómo plantear la estrategia de carrera, que no fue hasta el día de antes a medianoche cuando tomé la decisión. Saldría a 4'25"/km, e intentaría hacer un progresivo hasta la meta, o hasta que las piernas aguantasen.


Son cerca de las 8:30h. La mañana es algo fría, el cielo está totalmente cubierto y parece que en cualquier momento va a empezar a llover. Me encuentro lejos del globo de las 3 horas, porque por mucho que ayer intenté explicarle al responsable de incidencias que mi objetivo era más exigente que mi actual marca, no me acreditó para entrar en el siguiente cajón. Me mentalizo en que si no es posible alcanzar el sueño hoy, el gran objetivo del día es mejorar la marca que en su día consiguiera en Castellón.

Salgo a 4'25"/km, según lo planificado. Tomo referencias cada dos kilómetros. Decido marcarme un rango de tiempos que me obligue a llevar un ritmo lo suficientemente vivo para estar en números buenos y, al mismo tiempo, que me permita un pequeño margen de error. Estoy muy concentrado en mi plan de carrera, la suplementación energética, la hidratación. Paso la media maratón en 1h31'49". Mantengo la cabeza fría. Queda todavía mucho por delante, la parte más dura, lo que marca la diferencia entre una maratón y cualquier otra carrera en ruta.

El día está aguantando nublado. El clima es ideal. El ritmo no decae. Sigo muy concentrado. Le doy una colleja al tío del mazo que está esperando víctimas en el km30 y le digo que hoy no me coge ni en patinete. La organización ha tenido el detalle y buen gusto de hacer entrar la maratón por la Plaza de España, sin duda, uno de esos lugares que por su belleza me vendrían a la cabeza sin pensarlo en una lista de mis lugares favoritos. Me siento con energía para subir un punto el ritmo. Dejo atrás a dos corredores con los que había compartido buena parte de la carrera y me lanzo en solitario a la aventura. Son cientos las personas que se acumulan a lo largo de la calle Trajano. El habitual espacio reservado para los tranvías, hoy se ha convertido en un estrecho pasillo de espectadores que con sus ánimos hacen menos duros estos últimos miles de metros. Mis sensaciones son fantásticas. Sigo como un tiro. He entrenado así, para estar fuerte al final, y en estos momentos estoy recogiendo los frutos de mi preparación.

Paso el km 41 y escucho una voz familiar... Rafa vamos!! Es Ginvile que me da el último empujón antes de entrar al estadio de la Cartuja. Después de atravesar el túnel de acceso, entro en contacto con la pista de atletismo y la emoción se apodera de mi. Quedan 300 metros para completar mi mejor registro en maratón. En décimas de segundo pasan por mi cabeza cientos de recuerdos, de la maratón, de los entrenamientos, de la lesión. Despierto en la recta de meta. La grada lateral está repleta de espectadores. Cruzo la meta con un tiempo de 3h02'06" (4'18"/km), mi nueva marca personal. Me vienen a la cabeza interrogantes como qué hubiese pasado de haber salido con los prácticos de las tres horas, o si debería haber subido un punto el ritmo a partir de la media maratón. Sacudo la cabeza y me digo que hoy era el día de quedarse a las puertas, de tener la confianza que es posible lograr el sueño, que está más cerca que nunca.

domingo, 26 de abril de 2015

Cum Laude en Varsovia

Mi décima maratón me llevaba hasta la capital de Polonia, adonde un año atrás me quedé con las ganas de ir por una lesión de última hora. Lo que estaba claro era que tarde o temprano Varsovia me vería correr por sus calles ya que algo me decía que su maratón de abril tenía muy buena pinta... y mi sexto sentido no estaba equivocado. La Orlen Warsaw Marathon es el evento deportivo que a día de hoy mejores sensaciones de organización me ha dejado de cuantas he participado en mi vida. No había ni un solo detalle dejado al libre albedrío. Los aledaños del moderno estadio Narodowy se habían convertido en una gran disposición de gigantescas carpas con todo tipo de servicios para corredores y espectadores: sala de masajes, duchas, vestuarios, bares, restaurantes, parques infantiles, además de una completísima expo en donde finalmente pude comprar los suplementos energéticos que no encontré por ninguna parte en Kaunas.

La preparación no era ni mucho menos la mejor de cara a esta fecha ya que desde la Antártida hasta mi regreso a Lituania, entre unas cosas y otras apenas había podido salir a correr en condiciones una o dos veces. Estando a 1 de abril, tan solo contaba con dos semanas y media para mi puesta a punto. Decidí ponerle un punto de riesgo y entrar de cabeza en la semana 7 de mi plan de entrenamiento sin saber hasta qué punto mi cuerpo podría asimilar una carga de kilómetros tan grande después de estar prácticamente parado durante un mes entero. Puede que como dice mi amigo Miguel mi organismo cuente con un período de supercompensación especial, porque la verdad es que mis piernas hicieron una digestión perfecta del generoso menú que había preparado para la ocasión. Aunque el poco entrenamiento de calidad me transmitía muy buenas sensaciones, estaba mentalizado en que no había entrenado lo suficiente, y que por tanto no iba a poder hacer maravillas.


A diferencia del sábado, día fantástico, soleado y alrededor de 24ºC en sus horas centrales, el domingo amanecía nublado, frío y con una ligera llovizna refrescante que agradecería durante todo el recorrido. 

Avenida Wybrzeze Szczecinskie. Casi 8.000 personas aguardamos el inicio de la maratón hasta que a las 9:30 el pistoletazo de salida indicaba el comienzo de la prueba reina del fin de semana. Al encontrarme en el segundo cajón, me veo obligado a hacer una salida rápida y prolongarla durante unos cuantos minutos para no molestar a los que vienen desde atrás con metas más exigentes que la mía. La idea sería intentar mantener un ritmo inferior a 5'/km para terminar en menos de 3h30', un objetivo asequible y abierto a mucho margen de mejora según fuera transcurriendo la mañana. Son solo los primeros kilómetros y ya estoy rodando mucho más rápido de lo que debería, y yo se de sobra que esto especialmente en una maratón termina pasando factura. Bueno Rafa, la renta que cojas ahora la perderás luego, porque a este ritmo a duras penas llegarás al kilómetro 30, donde el tío del mazo te pondrá en tu sitio. Bah!! Mientras baje de 3h30' contento...

Con un ritmo entre 4'30'' y 4'35''/km van pasando los kilómetros con bastantes buenas sensaciones. No era esta mi idea, pero ya puestos, intentaremos mantenernos ahí, que parece que las piernas se encuentran cómodas con esta velocidad. Reparto los geles estratégicamente entre los kilómetros 15, 29 y 36. Me siento muy fuerte y el ritmo no decae en ningún momento. En el km30 el tío del mazo casi echa a correr del susto cuando me ha visto llegar como un miura, pero tiene que estar ahí porque tarde o temprano será verdugo de más de un corredor. 

Han pasado tres horas desde que crucé el puente Swietokrzyski por primera vez, y ya estoy de nuevo ahí. Es el kilómetro 40 y para desviar de la cabeza los primeros síntomas claros de fatiga que empiezan a aparecer, retrocedo unas horas en el tiempo hasta situarme en la tarde de ayer, cuando corría junto a Ginvile los últimos dos kilómetros de su 4.6 km "biegam, bo lubie pomagam" charity walk-run. Hoy ella es una espectadora más, la imagen que más ganas tenía de ver. Puede que ni siquiera un cuarto gel me hubiera dado más energía en el momento en que allá a lo lejos Ginvile asomaba la cabeza, me regalaba una gran sonrisa y me hacía volar hacia la línea de meta, que se encontraba a apenas 100 metros de donde ella se encontraba. Con un tiempo real de 3h12'08'' conseguía, para mi sorpresa, mi segunda mejor marca personal en una mañana en que todo había salido a pedir de boca.


Con un fin de semana espectacular y unas fantásticas sensaciones deportivas en la pequeña expedición lituana desplazada a Polonia doy por terminada la temporada de maratones como mínimo hasta después de verano.

martes, 10 de marzo de 2015

Desafío extremo en la Antártida

¿¡Una maratón en la Antártida!? ¿Pero eso existe? Estas han sido algunas de las preguntas más repetidas en las semanas previas a mi aventura en el continente blanco, uno de esos lugares de la Tierra que por sus especiales características y valor ecológico son únicos y de difícil acceso, y a donde a día de hoy puedo decir que soy un afortunado de tener la posibilidad de estar allí en persona y ver con mis propios ojos lo que tantas veces vemos en documentales.

A la Antártida llegaba con muchas dudas, ya que la buena preparación que llevaba se vio bruscamente interrumpida por una tremenda gripe que me dejó fuera de combate durante dos semanas, dos semanas en las que el objetivo dio un repentino giro de 180º, pasando de terminar de completar el plan de entrenamiento que había diseñado de cara a la maratón y que tan buenos resultados me estaba dando, a tener que permanecer en casa para recuperarme del atropello viral que había sufrido en el momento menos oportuno. Gracias a los remedios naturales con los que Ginvile y su madre me estuvieron tratando en Lituania, como a los cuidados con los que tanto mi madre como mi hermano hicieron lo propio en Valencia, tuve la suerte de iniciar esta aventura en condiciones de salud óptimas que me permitirían disfrutarla como todo sueño merece.

En Buenos Aires, punto de encuentro de los participantes y adonde pasaríamos tres calurosos días de verano, empecé a entrar de nuevo en sintonía con mis piernas tres semanas después de que el virus báltico me la arrebatara de golpe y porrazo. En el barco intenté correr en la cinta del gimnasio pero los movimientos con los que el paso del Drake hacía bailar al Akademik Vavilov hacía casi imposible dar dos zancadas seguidas sin perder el equilibrio. Así pues, la suerte estaba echada. La siguiente ocasión que me enfundaría las zapatillas sería el día de la maratón.


Y el esperado día llegó. La jornada anterior, los participantes del Akademik Ioffe ya habían hecho su prueba, según los organizadores, con muy buenos resultados a pesar de las condiciones de nieve con que se habían encontrado a primera hora de la mañana. Nuestro día empezó muy frío, con lluvia, mucho viento, y un auténtico barrizal fruto de la mezcla del terreno arcilloso del recorrido, la nieve derretida del día anterior y el agua que estaba cayendo sin parar. 


La primera vuelta la había completado en el grupo de cabeza, las sensaciones eran muy buenas, pero en mi cabeza tenía muy presente que ese ritmo sólo lo podría aguantar si hubiera podido terminar mi preparación en buenas condiciones de salud, pero eso no era así, de modo que desde la segunda vuelta y ya prácticamente hasta la línea de meta me quedé solo, en tierra de nadie entre los que peleaban por los primeros puestos y los que luchaban por entrar en el TOP 10. 

A mi paso por la media maratón, el Timex mostraba un tiempo de 1h45'. Demasiado rápido Rafa, pero... ¿y si aguanto? Por un momento me imaginaba llegando a meta cerca de las tres horas y media pero pronto esa idea se desvaneció. La deshidratación en un ambiente tan frío se multiplica, los avituallamientos eran muy justos puesto que teníamos que autogestionarnos nosotros mismos los suplementos líquidos y sólidos que fuéramos a tomar durante la carrera, y los calambres empezaban a manifestarse desde los gemelos hasta los isquiotibiales. Había que aminorar la marcha. Me repetía una y otra vez que había hecho una muy buena mitad de carrera, que el objetivo era terminar la maratón y que a partir de entonces la idea tenía que ser ir poco a poco descontando. Seguía corriendo kilómetro a kilómetro, intentando estar fuerte de cabeza, contemplar las fantásticas vistas que me rodeaban, y así intentar distraer mis pensamientos de los tremendos dolores musculares que en ese momento se repartían por ambas piernas. En cada cuesta arriba se libraba una batalla entre mi deseo de no dejar de correr y el deseo de la naturaleza de retenerme. Cada cuesta abajo suponía un importante ejercicio de concentración para con las pocas energías que me quedaban en el cuerpo ser capaz de dejarme caer sin llegar a aterrizar en el suelo. Cada vez más veía que algunos participantes que en la primera mitad de la carrera llevaba muy atrás se iban acercando más y más. Me estaba viniendo abajo físicamente, pero tenía que seguir aguantando con la cabeza, sin dejar de repetirme que lo importante era terminar la maratón, porque para eso había recorrido tantos miles de kilómetros, y me había cuidado tanto las semanas previas a la misma.

Paso por la última vuelta. Quedan 7 kilómetros. No son pocos pero hay que pensar en positivo. Es una sexta parte de una maratón, y ya llevo cinco partes completadas. Pero la verdad es que en este momento las piernas ya no responden a las órdenes que manda el cerebro. Aunque despacio, intento no dejar de correr, pero al llegar una vez más a aquellas terribles cuestas llenas de barro que unas horas antes pasaba tan ligero, finalmente doy mi brazo a torcer con el terreno, que en ese momento se agarra con tal fuerza a mis zapatillas que termina por no dejarme avanzar. No cabe otra posibilidad, hay que recurrir al último recurso: dejar enterradas las zancadas en el barro y caminar durante algunos minutos para tratar de recuperarme física y mentalmente. Estoy tan escaso de energía que puede pasar cualquier cosa. Para darle más dramatismo al momento, todavía con 5 largos kilómetros por delante, he consumido la última botella de agua que me quedaba y acabo de perder dos puestos: llevaba toda la carrera en quinta posición, y la primera chica, que venía lanzada, y un corredor polaco, Dariusz, que como yo, va con lo justo, me pasan por encima a todos los niveles: en la clasificación, en el mental, en el anímico... 


El haber pasado de correr con cierto ritmo a caminar me ha hecho perder la temperatura corporal que me mantenía caliente, y ya no la recuperaré hasta la ansiada ducha que me espera en el barco, casi una hora más tarde. Estoy frío, me tiemblan los brazos, apenas siento los dedos de las manos, tengo las piernas llenas de calambres, necesito agua y algo de comer. Las sensaciones no son para nada buenas. El kilómetro a kilómetro se ha convertido en el metro a metro. 

A falta de 2 kilómetros escalo una posición. Dariusz está parado haciendo estiramientos. Tiene muchos problemas en uno de sus gemelos. Un poco de energía vuelve a mi. Aprieto los dientes como puedo para que este trote pachanguero que llevo no se venga abajo. Quedan solo 500 metros y Dariusz me vuelve a pasar. Aunque tengo que admitir que me da rabia no haber podido aguantar un poco más ya que entre nosotros dos estaba el honor de ser el primer europeo, ya no me importa demasiado este hecho, pues estoy concentrado en mi objetivo, que ya veo a lo lejos: manchas rojas que poco a poco van tomando forma y empiezo a reconocer a Thom, Kelly, John, Anita, el equipo de Oneocean... LA META!! Echo mano del reservorio de energía que siempre guardo para salir bien en las fotos de llegada a meta, elimino como puedo de la cara el gesto de machacado antártico y completo mi sexto continente con una gran sonrisa y un tiempo de 4h06'20'', terminando en novena posición de la general (después de sumar los tiempos de los dos barcos) y un inesperado segundo puesto en mi grupo de edad (30-39 años). 


Tal como me encontraba hace tan solo dos semanas, las condiciones extremas que la metereología nos ha ofrecido en el día de hoy, y del modo especial en que afronto las maratones internacionales, la verdad es que no se puede pedir más. Mejor imposible.