¿¡Una maratón en la Antártida!? ¿Pero eso existe? Estas han sido algunas de las preguntas más repetidas en las semanas previas a mi aventura en el continente blanco, uno de esos lugares de la Tierra que por sus especiales características y valor ecológico son únicos y de difícil acceso, y a donde a día de hoy puedo decir que soy un afortunado de tener la posibilidad de estar allí en persona y ver con mis propios ojos lo que tantas veces vemos en documentales.
A la Antártida llegaba con muchas dudas, ya que la buena preparación que llevaba se vio bruscamente interrumpida por una tremenda gripe que me dejó fuera de combate durante dos semanas, dos semanas en las que el objetivo dio un repentino giro de 180º, pasando de terminar de completar el plan de entrenamiento que había diseñado de cara a la maratón y que tan buenos resultados me estaba dando, a tener que permanecer en casa para recuperarme del atropello viral que había sufrido en el momento menos oportuno. Gracias a los remedios naturales con los que Ginvile y su madre me estuvieron tratando en Lituania, como a los cuidados con los que tanto mi madre como mi hermano hicieron lo propio en Valencia, tuve la suerte de iniciar esta aventura en condiciones de salud óptimas que me permitirían disfrutarla como todo sueño merece.
En Buenos Aires, punto de encuentro de los participantes y adonde pasaríamos tres calurosos días de verano, empecé a entrar de nuevo en sintonía con mis piernas tres semanas después de que el virus báltico me la arrebatara de golpe y porrazo. En el barco intenté correr en la cinta del gimnasio pero los movimientos con los que el paso del Drake hacía bailar al Akademik Vavilov hacía casi imposible dar dos zancadas seguidas sin perder el equilibrio. Así pues, la suerte estaba echada. La siguiente ocasión que me enfundaría las zapatillas sería el día de la maratón.
Y el esperado día llegó. La jornada anterior, los participantes del Akademik Ioffe ya habían hecho su prueba, según los organizadores, con muy buenos resultados a pesar de las condiciones de nieve con que se habían encontrado a primera hora de la mañana. Nuestro día empezó muy frío, con lluvia, mucho viento, y un auténtico barrizal fruto de la mezcla del terreno arcilloso del recorrido, la nieve derretida del día anterior y el agua que estaba cayendo sin parar.
La primera vuelta la había completado en el grupo de cabeza, las sensaciones eran muy buenas, pero en mi cabeza tenía muy presente que ese ritmo sólo lo podría aguantar si hubiera podido terminar mi preparación en buenas condiciones de salud, pero eso no era así, de modo que desde la segunda vuelta y ya prácticamente hasta la línea de meta me quedé solo, en tierra de nadie entre los que peleaban por los primeros puestos y los que luchaban por entrar en el TOP 10.
El haber pasado de correr con cierto ritmo a caminar me ha hecho perder la temperatura corporal que me mantenía caliente, y ya no la recuperaré hasta la ansiada ducha que me espera en el barco, casi una hora más tarde. Estoy frío, me tiemblan los brazos, apenas siento los dedos de las manos, tengo las piernas llenas de calambres, necesito agua y algo de comer. Las sensaciones no son para nada buenas. El kilómetro a kilómetro se ha convertido en el metro a metro.
A falta de 2 kilómetros escalo una posición. Dariusz está parado haciendo estiramientos. Tiene muchos problemas en uno de sus gemelos. Un poco de energía vuelve a mi. Aprieto los dientes como puedo para que este trote pachanguero que llevo no se venga abajo. Quedan solo 500 metros y Dariusz me vuelve a pasar. Aunque tengo que admitir que me da rabia no haber podido aguantar un poco más ya que entre nosotros dos estaba el honor de ser el primer europeo, ya no me importa demasiado este hecho, pues estoy concentrado en mi objetivo, que ya veo a lo lejos: manchas rojas que poco a poco van tomando forma y empiezo a reconocer a Thom, Kelly, John, Anita, el equipo de Oneocean... LA META!! Echo mano del reservorio de energía que siempre guardo para salir bien en las fotos de llegada a meta, elimino como puedo de la cara el gesto de machacado antártico y completo mi sexto continente con una gran sonrisa y un tiempo de 4h06'20'', terminando en novena posición de la general (después de sumar los tiempos de los dos barcos) y un inesperado segundo puesto en mi grupo de edad (30-39 años). 
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